En: Autoestima, Felicidad, Relaciones0

girl-2695241__480Tanto se ha escuchado hablar de esta frase: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, que se ha popularizado al punto de que prácticamente ninguna religión o ideología se opone a esta, por el contrario, se concibe como algo incluso obvio dentro de la moral cuando de búsqueda de paz o de armonía se trata. Aun en las personas en las que es el ego el que predomina, es muy posible encontrar que a nivel profundo de su propio ser sepan que esta idea va en conformidad con su estado más “puro” al estar en resonancia con su naturaleza espiritual.

En la Biblia se encuentra de manera extensa el desarrollo de esta idea o creencia como una de las premisas fundamentales para llevar una vida digna acorde con los mandatos divinos que permiten, según los religiosos, obtener el agrado de Dios. No obstante, es muy común que se le haya dado un significado distorsionado, pues mucha gente de alguna manera lo que ha interpretado es que es más importante interesarse por el bien del prójimo que el de uno mismo, en perdonar al otro (incluso poner la otra mejilla para que le vuelvan a golpear en sentido literal o figurado) más que en darle importancia al auto-perdón, pensar más en el bien común antes que en el bien personal y así sucesivamente, dejando la sensación de que lo externo es más importante que lo interno, que los demás deben tener prioridad antes que uno mismo y así se supone que eres una persona “buena” tratando de hacer feliz a casi todo el mundo, así eso implique hacer el intento por olvidarte de tus propios deseos, así como de tus propias necesidades. Entonces, allí las preguntas que surgen son: ¿dónde queda el propio ser? Acaso, ¿los demás sí son creación divina y tú no?, ¿los demás tienen derecho a equivocarse cualquier cantidad de veces y tú no?, ¿qué resultados se podrían esperar de la vida cuando por supuesto, bajo estos esquemas mentales no se puede construir una auténtica autoestima?

La humildad no es sinónimo de humillación, así como el amor propio no significa soberbia o arrogancia. Hay que aprender a hacer las justas distinciones porque de lo contrario estamos siguiendo pautas de conducta que no nos benefician realmente y todo por una malinterpretación de lo que es el amor sano y maduro o porque simplemente no tenemos la disposición para permitirnos la oportunidad de ver desde otra perspectiva la cantidad de ideas que nos han infundido desde pequeños y que seguimos tomando sin digerirlas, sin revisarlas y sin ponerlas en contexto.

El equilibrio entre dar amor y recibirlo ha de estar presente no solo en este aspecto sino en cualquier otro para que la armonía real y duradera se manifieste. Solo da amor el que primero lo tiene para sí mismo porque lo conoce, lo ha vivido y así ya tiene un referente en el modo de cómo entregarlo al otro. Pensemos, por ejemplo, en alguien que continuamente se autocritica, que se siente mal por su apariencia física o que le cuesta aceptar los aspectos débiles de su personalidad. Imaginemos que esa persona hace el esfuerzo por seguir la premisa: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, pero como lo que se brinda a ella misma son críticas, esto significaría que a la otra persona lo que podría brindarle también son criticas, que lleguen a ser camufladas (aparentando no mostrarlo) o no, eso ya es otra cosa, pero lo cierto es que en su sentir habrá desagrado con frecuencia por lo que el otro hace o deja de hacer y que difícilmente llene sus expectativas. Entonces, ¡claro que cumple la premisa! haciendo a los otros lo que hace a su sí mismo, pero solo que en lugar de que el resultado sea positivo, termina siendo negativo porque la actitud que tiene hacia su propio ser es negativa y esta es la base de todo lo demás. Así como de un fruto seco no podemos pretender que nos salga algo jugoso, de una persona carente de afecto no podemos esperar que lo entregue en abundancia a los demás.

Este aspecto de amarse a sí mismo como algo esencial en el desarrollo del ser humano se encuentra de cierta manera en todo texto que fomente la sabiduría y la toma de conciencia, incluidas las sagradas escrituras. Lo que cambia, es el modo como se expresa en cada caso y por supuesto, la manera como las personas lo interpretan y la forma como se ponga en práctica en la propia vida. En cualquier caso, no es sano dar más importancia al amor al prójimo en detrimento del propio amor, pues allí estaríamos faltándonos a nuestra persona, aquella que nos acompaña todo el tiempo hasta el último respiro de nuestra vida aquí en la tierra, entonces ¿por qué relegarla a un segundo plano? Las personas al fin y al cabo van y vienen, otras más allegadas quizás se queden a nuestro lado, pero nunca hay la certeza de que esto sea de forma indefinida, en cambio, cada uno de nosotros de manera obvia “siempre estaremos con nosotros”. Además, si siempre estamos pensando en los demás y ayudándolos, buscando agradar, el día que nosotros necesitemos ayuda si por algún motivo no nos la dan, nos sentiremos como un barco a la deriva al no contar ni siquiera con una autoestima lo suficientemente bien cimentada.

Podemos encontrar muchos ejemplos de personas que se interesan por el bienestar del prójimo y que a la vez cuentan con suficiente amor y confianza en sí mismos. Algunos famosos, entre ellos: Matt Damon, actor que ha participado en muchos filmes, en los que ha sido ganador de premios y de nominaciones cofundó una organización que ayuda a generar agua limpia a los países en desarrollo y fue partidario de campañas contra la pobreza y el Sida. Por otra parte, Daniel Radcliffe, actor inglés que protagonizó la película “Harry Potter”, también ha demostrado su altruismo con el prójimo mediante ayudas caritativas, entre las que se encuentran el apoyo que brindó a la Fundación de Lupus de América y de Book Aid International. Además, ha ayudado a jóvenes a evitar el suicidio, entre otras nobles causas. Así pues, encontramos personas brillantes, populares y con gran autoestima que han contribuido en el bienestar de otros, sin que necesariamente tengan que ser religiosos o seguir las doctrinas de alguna institución. Definitivamente el corazón generoso hacia los demás o hacia uno mismo no depende de raza, credo o nivel socio económico si se comprende que todo parte de la clase de pensamientos que se cultiven y que además existen muchas formas de ayudar, incluyendo el hecho de desear el bien a los otros o de estar presentes cuando necesitan ser escuchados.

Para que el amor fluya en nuestro entorno, sintámonos merecedores de nuevas y mejores oportunidades de vida, así como los demás seres del planeta. Ayudemos de corazón al que lo necesite, pero no carguemos con los problemas de los otros como si fuesen nuestros al punto de descuidar los que a nosotros mismos nos corresponde resolver o peor aún, llegarnos a sentir culpables por lo que al otro le sucede y sobre-exagerar el interés en el otro disfrazándolo de “ayuda humanitaria” para ser aceptados por la sociedad, por nuestra familia y por el grupo al que pertenecemos. Como se mencionaba mucho antes, la clave está en mantener el equilibrio en todo.

Cada quien ha de hacerse cargo de su maleta de equipaje con la que está en el mundo, así no esté de más de vez en cuando una mano amiga.

Tengamos en cuenta de que somos amados de forma incondicional por Dios (o como le quieras llamar a tu ser superior), así que no tienes por obligación que ayudar al otro para demostrar tu devoción, sino que simplemente lo que siembras eso será lo que cosecharás y si al principio tu siembra no es la más optima tienes la oportunidad de volverlo a intentar, de aprender y de avanzar. Ámate primero que todo y acéptate con amor, y luego, el amor y la aceptación hacia los demás lo irás haciendo por añadidura, entonces, verás la certeza de la frase: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” que se podría traducir en “Me amo, por tanto, te amo” ó “Me respeto, por tanto, te respeto” y “Tanto tú como yo somos importantes en el mundo y cada uno vinimos con un propósito especial”.

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