En: Autoestima, Felicidad, Relaciones0

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En numerosos momentos nos podemos encontrar con situaciones en las que no sabemos qué camino tomar. Entonces frente a estas lo más usual es que actuemos de cualquiera de estas dos maneras: instintivamente de acuerdo a como estamos acostumbrados a hacerlo en situaciones similares o por el contrario, demasiado racionalmente poniendo nuestra mente a dar vueltas y vueltas sobre un mismo punto al tratar de encontrar una solución.

Pero hay que tener en cuenta que en la mayoría de las veces estas dos maneras pocos resultados efectivos traen: Por un lado, actuar impulsivamente te puede traer consecuencias negativas ya que pocas precauciones tomas y en caso de que estés ofuscado te dejarás llevar por ese estado. Por otro lado, del otro extremo, actuar de manera excesivamente racional te lleva a poner en primer plano los “deberías”, analizando si es correcto o no lo que vas a hacer, basándote en lo lógico al tiempo que te tardas más en dar el próximo paso a seguir, puesto que en el acto de pensar te quedas mucho divagando y tal vez cuando por fin vayas a dar ese paso tan importante, la oportunidad se te haya ido.

Entonces, ¿a qué o a quién recurrir para saber qué hacer en determinada situación? Si buscas a alguien para que te dé un consejo, ten muy presente que cada quien habla desde su manera de percibir el mundo y además, lo que puede convenirle hacer a la otra persona, puede no convenirte a ti. Asimismo, esa persona por más cercana que sea a ti no conoce profundamente en igual medida todo lo que tú sabes de ti mismo, “solo tú puedes estar en tu propia piel”. Puedes recibir un consejo bien intencionado, si así lo deseas, de alguien a quien aprecies, pero no lo pongas como una base principal sobre la cual sustentar tus propias decisiones. Date cuenta de que las respuestas para cada situación yacen en tu propio interior y esto no es metafórico, es real tal cual. Lo que sucede es que te han enseñado de una u otra forma a no creer lo suficiente en ti mismo, a creer que las soluciones han de encontrarse por fuera de ti en algún lugar anhelado al cual te hace falta llegar o por el cual solo transitan unos pocos afortunados. Tal vez te han enseñado a ser sumiso y a acatar las instrucciones que te dé alguien que supuestamente sabe más que tú acerca de cómo encarar tu propio camino. Quizá te han hecho sentir que si sigues los dictámenes de tu corazón, eres un “atrevido”, “un arriesgado” o en otros casos, “un caprichoso, ingenuo y un pobre soñador”.

Más ahora mismo, puedes quitarte esa venda de los ojos y reconocer que nada de eso es cierto, que lo que sí es necesario es cultivar día tras día la sabiduría en tu corazón mediante el aprendizaje que vayas atesorando con cada una de tus experiencias, las gratas y las menos gratas, las agradables y las desagradables, porque todas y cada una de estas suceden por algo en tu vida, lo que entre otras cosas te viene a recordar el propósito trascendental de tu existencia.

Permitir que tu corazón te guíe implica saberlo escuchar, prestando atención a esa voz interior que te susurra en silencio. No surge de un análisis sino de un sentimiento que es diferente a una emoción de momento. El sentimiento se construye a través del tiempo y es alimentado a través de los pensamientos y de las actitudes.

Veamos un ejemplo de los modos de actuar comentados al comienzo: Supongamos que llevas muchos años en una relación de pareja en la cual han pasado de conflicto en conflicto. Si te dejas llevar por la impulsividad (o la emoción de momento: rabia, tristeza, euforia u otras similares), desatarías un caos gritando, llorando o enfadándote y esa persona finalmente llegará a tenerte en lugar de amor y compasión, lástima y hasta aversión o resistencia. Por otro lado, si te dejas llevar por un exceso de raciocinio, te quedarás pensando y pensando sobre lo mismo, buscarás culpables, buscarás ideas con las cuales consciente o inconscientemente justificarte, buscarás y seleccionarás rigurosamente cuáles podrían ser las “mejores” frases con las cuales defenderte por cada posible comentario que te hagan frente a la decisión que probablemente tomes, además, te quedarás en el porqué de lo que te pasa y así sucesivamente, mientras que el tiempo irá transcurriendo y llegará el momento en que después de pensarlo tanto, más bien no termines haciendo nada porque para cuando ya te hayas decidido, tal vez no sea el momento más adecuado para llevar a cabo alguna acción o simplemente hayan surgido nuevas situaciones a tu vida que requieran de tu atención prioritaria. Más si optas por la sana decisión de permitir que sea tu corazón el que te guíe (en su parte más bondadosa) donde habitan los sentimientos más limpios y originales que hayas almacenado hasta ahora a lo largo de tu vida, tu manera de actuar seguirá esa misma línea y solo podrás esperar recoger los mejores frutos.

¿Cómo conectar con esa parte más bondadosa de tu interior? Acallando la mente, dejando de lado “los deberías” de la imagen social que supuestamente has de cumplir, escuchando y atendiendo las necesidades de tu ser, es decir, aquellas que van mucho más allá de solo comer, dormir, cumplir la rutina diaria y sobrevivir. En esa medida en que hagas el compromiso contigo mismo de avanzar cada vez más en tu desarrollo integral y de ampliación de la toma de consciencia irás recordando que eres amor en esencia. De ninguna manera este proceso debes llevarlo a cabo por obligación, sino por convicción en el momento en que libre y firmemente así lo decidas. Cuando sientas ese llamado a mejorar en cada uno de los aspectos de tu vida para tu propio bienestar, síguelo con seguridad y confianza. Precisamente se resalta la palabra sentir, que es la que está relacionada con la cualidad del corazón, por tanto, con la de tu alma. Dejar guiarse por el corazón es principalmente una experiencia, no una teoría, es de seres sabios y valientes. Todos pueden serlo a su debido momento porque cada quien lleva su propio ritmo en el aprendizaje.

Dejar que tu corazón lidere tu camino es reconocer lo que sientes, permitir experimentarlo tal cual y darte cuenta del propósito divino que se encuentra detrás de toda vivencia, lo que te lleva a emprender acciones que se encuentren en esta misma sintonía.

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