En: Autoestima, Felicidad, Relaciones0

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En ocasiones los hijos culpan a sus padres de cómo son hoy en día a causa de ellos, de las carencias afectivas que consideran que les ocasionaron, de las dificultades, las inseguridades y hasta de los posibles traumas que padezcan. En ese momento aún no se dan cuenta de que sus padres han respondido según la manera como a su vez ellos fueron criados por sus padres en medio de cada uno de sus aciertos y desaciertos. Evidentemente ellos han hecho lo mejor que han sabido hacer según el conocimiento y los recursos con los que han dispuesto en cada momento. Entonces, ¿por qué juzgarlos?

Sin que hayan tenido la intención, puede que por ejemplo, te hayan sobreprotegido mucho o por el contrario te hayan dado demasiada libertad dejándote a la deriva; puede que te hayan consentido demasiado dándote bastantes cosas y que en consecuencia se haya propiciado en ti la dificultad para aceptar un “no” cuando la vida por algún motivo te da esa respuesta, así como la dificultad para tolerar la frustración. Puede tal vez que te hayan privado de tanto que hayas crecido con la idea de que todo es demasiado difícil de conseguir o de que no eres lo suficientemente digno de gozar del cumplimiento de tus deseos. Puede que te hayan dedicado demasiado tiempo hasta conseguir acapararte todos tus espacios y poco te hayan dejado lugar para ti mismo como para que resolvieras por tus propios medios las situaciones presentadas. Puede que en cambio, hayan sido demasiado rígidos y duros contigo, que te haya faltado el afecto, etc.

Como se puede observar, ningún comportamiento en extremo es saludable, ni el que se presenta en exceso ni el que habla por su ausencia, lo que nos convoca a que intentemos mantener el equilibrio o el balance en todo lo que hacemos y emitimos desde nuestro ser. Seamos cada vez más conscientes de esto, independientemente de si nuestros padres lo hayan tenido en cuenta o no. Ahora que somos adultos, nos corresponde totalmente a nosotros mismos tomar las riendas de nuestra vida haciéndonos cargo de lo que vamos creando a cada momento a partir de nuestros pensamientos y de nuestras emociones. Dejemos el pasado en el lugar que le corresponde: atrás como algo que ya sucedió y en lo que no podemos retroceder. Eso sí, agradezcamos todo lo bueno y lo no tan bueno que hayamos podido vivir en nuestra infancia al lado de aquellos que nos educaron tal como pudieron. Inclusive, podemos agradecer las situaciones desagradables y más difíciles que hayamos vivido con nuestros padres puesto que es precisamente allí en donde la lección de vida se vuelve mucho más enriquecedora y significativa. “Ya, ya pasó, ya sucedió, gracias, todo obra para mi bien” (repite todas las veces que sientas necesario desde tu corazón). Cuando lo hagas con voluntad, con toda la intención y a consciencia, llega el momento en que la compasión y el amor empiezan a ocupar o a reemplazar el lugar del temor, del resentimiento y del dolor.

Te invito a que tomes papel y lápiz para comenzar a escribir todas las emociones que tus padres te despierten hoy en día. Sé lo más sincero que puedas contigo mismo y pregúntate por aquel o aquellos recuerdos que más te hayan marcado en tu infancia y adolescencia en tu relación con ellos. No los escondas ni los reprimas más, ya que tarde o temprano aparecerán, reconócelos sin resistencias y acepta lo que estos significan para ti. Ámalos porque hacen parte de tu historia de vida. Para soltarlos y dejarlos ir primero se necesita amar en libertad, libre de prejuicios y esto abarca a todos y a todo, incluyendo a los recuerdos, a las situaciones y a las experiencias. Las clases de vivencias que te hayan llenado de regocijo, síguelas alimentando y las que te hayan llenado de sinsabor, acéptalas tal como son e intenta ver para qué pudieron haber llegado a tu vida, así como qué aprendizaje te dejan en medio de la aparente oscuridad.

Luego, permítete sentir esas emociones con toda la intensidad que estas contengan. Revisa una vez más, porque a veces es posible que creas que no hay nada que sanar en tu relación con tus padres cuando la verdad es que sí, lo que pasa es que en ocasiones las experiencias resultan tan dolorosas que como mecanismo de defensa se reprimen y paradójicamente, así van tomando más fuerza en el propio ser.

El objetivo de hacer estos procesos de sanación no es para quedarse anclado en el pasado, sino precisamente para poder seguir avanzando en la vida sin “tanto peso encima”.

Así, te pones de frente a lo que te genera dolor, lo aceptas y enseguida lo dejas marchar por donde llegó, siendo necesario además que lo visualices o imagines así con todos los detalles y respires varias veces muy profundo. Luego, permite que todo el amor de tu corazón unido al sentimiento de compasión y de perdón vaya fluyendo naturalmente desde tu interior (nunca a la fuerza). En el momento oportuno, en que estés preparado, lo experimentarás y una sensación maravillosa de paz te abrigará.

No se puede negar que nuestros padres o acudientes o cuidadores primarios han influido de manera importante en los cimientos de nuestra personalidad por haber representado nuestro primer modelo a seguir, más no determina lo que procuremos ser de ahora en adelante. La transformación positiva siempre es posible para los que creen en ella, para los que han ido aprendiendo a ver más allá de lo rutinario, para los que han ido descubriendo que el sentido de su vida tiene que ver con evolucionar en el amor, crecer, aprender y ser feliz, lo que implica entre otras muchas cosas, sanar nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás.

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