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Conéctate Amorosamente con tu Niño Interior y Disfruta la Vida

Cuando éramos bebés vivíamos totalmente en el momento presente y expresábamos todo cuanto sentíamos. Si teníamos hambre, llorábamos. Nunca llegamos a pensar: “Qué vergüenza con mis padres, estoy quejándome mucho”. Pero también, si algo nos producía gracia no dudábamos en soltar la risa más natural y espontánea que hayamos podido tener en todas las etapas de nuestra vida.

Conforme fuimos creciendo nos fueron enseñando directa o indirectamente que debíamos ir callando nuestras necesidades, que no todo giraba a nuestro alrededor, que debíamos ser pacientes a que se nos atendiera y muchas cosas más por el estilo. Aunque muchas de ellas han sido importantes para nuestra formación, otras sencillamente nos han hecho enfocar en un sentido opuesto a nuestra felicidad. Quizá nos fueron poniendo demasiados límites al momento de explorar nuestro entorno y de disfrutar de la vida con las órdenes incesantes (generalmente con buena intención) como: “No hagas eso, quédate quieto, eso te hace daño, todo eso es malo, si sigues así te vas a lastimar, pon cuidado, la gente es mala, el mundo es malo, quédate callado, eso no se dice…”, entonces fuimos aprendiendo a vivir a través del miedo y a estar a la defensiva o por el contrario, tal vez nos criaron con base en una perspectiva en el otro extremo: “Haz lo que mejor te plazca, experimenta por ti mismo para que aprendas y te hagas fuerte, me tiene sin cuidado las consecuencias de tus comportamientos, allá tú, mira a ver cómo haces, si te caes de la cama, tranquilo que del suelo no pasas…” y se fue poco a poco perdiendo el referente, se fue perdiendo el norte, a la vez que se fue sintiendo de cierta manera la ausencia y la falta de “abrigo” por parte de los padres. En ambos casos, el concepto de felicidad se atrofia, bien sea como algo aparentemente malsano o como algo que se derrocha a la deriva y con irresponsabilidad. Y mientras el concepto esté distorsionado, todo lo que se haga con base en este ocasiona dificultades en el crecimiento y desenvolvimiento personal en cualquier área.

Lo cierto es que tus padres o educadores siempre han hecho lo mejor que han podido según el conocimiento y los recursos con los que han contando. Sin ser su intención, tal vez te han lastimado, tal vez han limitado la expresión de tu ser y hayan sembrado -sin darse cuenta- obstáculos en tu felicidad y disfrute de la vida. Más ahora, cuentas con la capacidad de elegir la forma de cómo vivir cada una de tus experiencias, la manera de cómo percibirlas, así como la manera de afrontarlas.

Necesitas volver a comunicarte con amor con el niño interior que yace en tu ser, preguntarle qué necesita, qué lo hace feliz, qué necesidades ha satisfecho y cuáles aún no, qué heridas mantiene a través del tiempo y mostrarte plenamente dispuesto a sanarle con paciencia, comprensión y sabiduría. También necesitas decirle que lo amas siempre y en cualquier circunstancia, que estarás pendiente de su bienestar, que es un niño “bueno” que está aprendiendo y que tiene derecho a sentir y a pensar por sí mismo.

Necesitas contactarte de nuevo con aquello que tu niño interior más disfruta, independientemente de los juicios que haya podido recibir por ello por parte de los demás. Necesitas volver a experimentar las ganas de reír intensamente por la gracia que te produzca las cosas más sencillas de la vida como por ejemplo: la ducha refrescándote, el viento despeinándote, la hormiga que se ha posado en tu mano haciéndote sentir cosquillas, la bebida caliente y reconfortante para el frío, la cómoda almohada en la que descansas, la dulce melodía que sintonizas, etc.

Elije a partir de hoy mismo volver a disfrutar de los colores de la vida, no todo es negro ni es blanco, hay una variedad exquisita de posibilidades y de maneras de crear. Concéntrate en el ahora, recordando que el pasado ya no lo puedes modificar (solo la forma de percibirlo) y que el futuro es incierto, el cual aún no ha llegado, así que solo puedes actuar en el presente, que es tu regalo por existir. Aprende a escuchar la voz de tu corazón que te recuerda de la manera más honesta los deseos profundos de tu alma. Para ello, haz de la meditación uno de los hábitos más importantes de tu vida, comenzando por relajar tu cuerpo y hacer silencio mental. Sólo acallando tus insistentes ideas cargadas de juicios y de “deberías” inoficiosos, puede hacerse notar tu voz más genuina y real, aquella que te hace ver tu grandeza, aquella que aclama por tu amor propio incondicional, aquella que te alienta a continuar y que cree en tus capacidades.

Para este propósito, puedes ayudarte al estar en la mayor cantidad de momentos posibles en contacto directo con los paisajes naturales en un acto contemplativo porque es en esos instantes en donde más posiblemente los ruidos mentales se disipan y la voz del corazón aflora en un entorno de paz y en un estado de serenidad.

La voz de la felicidad es la voz del corazón del niño que yace en ti, aquel que sueña, que ríe, que disfruta, que ama, que ve todo lo bueno en cada situación, aquel que construye castillos en la arena, aquel que se divierte con lo que tiene, aquel que expresa lo que siente, aquel que no sabe criticar, aquel con espíritu incansable que persiste hasta ver sus deseos hechos realidad.

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