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Sigue Este Principio y Aprenderás a Ser Feliz

Amar la vida. ¡Es tan agradable esta expresión! ¡Se siente tan apacible y acogedora!  Estas tres palabras sintetizan la clave de la felicidad. Amar la vida es sentirse bien, vivir feliz y en paz. “¿Pero cómo se hace eso?” estarás pensando. “Las cosas no me salen como yo quiero, la vida no me trata bien”. Pues mira, para empezar, no es la vida la que te trata a ti, sino tú la que la tratas a ella.

A veces crees que amas tu vida y por eso intentas cambiarla. Pero, en realidad, no es así. Quieres forzarla para que se doblegue, para que se ajuste a lo que te han contado que debe ser. Y ese es el problema. Te han hecho creer tantas cosas acerca de la vida, que piensas que cuando las cosas no salen como te han contado, te sientes mal. Tanto te han enseñado acerca de la vida, que crees que ya lo sabes todo. Tu mente está llena de creencias y te parece que nada más puedes aprender. Entonces, cuando la vida se presenta tal como es en realidad, tú dices “No, esta no es la vida de la que me hablaron”, y sufres y te molestas con todo. Y eres infeliz.

 

Vuélvete un escéptico

Los escépticos desconfían de todo los que les dicen. Dudan. Y para creer en algo, necesitan conocer por ellos mismos, verificar lo que les cuentan. Ser escéptico implica salir de esa zona de comodidad intelectual en la que nos hemos metido por todas esas creencias que nos han inculcado, que la sociedad nos ha hecho creer.

Es frecuente que las personas no se mueven de la comodidad de sus creencias simplemente porque sienten miedo a lo desconocido. Cierran su mente a todo lo que se oponga o ponga en duda esas creencias con las que han crecido. Es más cómodo y hasta parece más seguro. Son personas que se niegan a experimentar la espiritualidad porque sienten que ya saben todo lo que tienen que saber para vivir, que nada más deben aprender.

Y se creen escépticos, porque no creen. En realidad, estas personas no son escépticos, sino arrogantes. Si fueran realmente escépticos, serían humildes y dudarían de esas creencias que han adquirido desde que nacieron. Si fueran realmente escépticos, intentarían verificar, experimentar y sacar sus propias conclusiones acerca de verdades nuevas. Esos falsos escépticos son los que frente a una propuesta de espiritualidad dicen “Yo no creo en nada de eso, son puras tonterías, todo eso de la espiritualidad es para los tontos”. Vanidosos y arrogantes quienes así piensan. Detrás de esa arrogancia, está el miedo al cambio, el miedo a lo desconocido. Y el ego que domina.

 

¿Cómo volverse un escéptico verdadero?

El escepticismo se sustenta en la humildad. Es necesario ser humilde para dudar de todo lo aprendido desde niño. Solo la humildad pone al ego en su lugar y permite cuestionar esas creencias que nos dominan para experimentar actitudes nuevas.

Así que, empieza a actuar como escéptico. Mira tu vida desde la perspectiva de un escéptico. Cuestiona cada creencia que te hace juzgar los sucesos que te afectan y a las personas con las que te vinculas. Permite que tu vida sea como tiene que ser y ya deja de intentar que se adapte a lo que crees que debe ser. La espiritualidad es tu gran guía, no las creencias que has recibido de la sociedad. La espiritualidad y el autoconocimiento harán que asumas la vida sin tensiones, tal como es. Dejarás de luchar para doblegarla y para amoldarla a tus creencias, porque ya no las considerarás verdades. Y cuando aceptas la vida, la amas. Es entonces que la felicidad te inunda.

 

¿Es injusta la vida?

Quizás lo has dicho tú o lo has escuchado: “¡Qué injusta es la vida!”. Generalmente es una exclamación que surge cuando algo no resulta como se esperaba. Frente a situaciones que provocan dolor, sufrimiento o rebelión, las personas tienden a culpar a la vida. La vida es mala, la vida es ingrata, la vida es injusta.

Muchas veces, esta crítica a la vida surge cuando alguien se compara con su vecino, por ejemplo. Si tu vecino es exitoso y parece que todo le va bien y a ti las cosas te salen siempre mal, es posible que venga a tu cabeza la balanza de la justicia, en la que ves tu plato vacío. Entonces culpas a la vida. “La vida es injusta. A él le da todo lo bueno, a mí solo me trae sufrimiento”.

Es momento de pensar en qué se basa esta valoración que hace que la vida resulte injusta. Es injusta desde la perspectiva de los conceptos que hemos heredado de la sociedad. Pero recuerda que tienes que ser escéptico y dudar. Por lo tanto, reflexiona sobre el concepto de justicia que nos han inculcado, un concepto que nada tiene que ver con la justicia universal, con la verdadera justicia de la vida.

 

Hablemos de casualidades

Nos han acostumbrado a pensar que este mundo es aleatorio, que todo ocurre por accidente, que lo que vivimos es una casualidad. Seguramente, has vivido eventos que te han llevado a decir “¡Qué casualidad…!”  Esa creencia es una falacia, es un engaño. La vida no es una serie de casualidades. El universo está regido por leyes, por principios. Son esas leyes y esos principios y no las casualidades las que tejen la vida. Y tú y yo y los demás somos parte del universo, por lo tanto también nos rigen esas leyes.

Ahora bien. ¿Qué ocurre cuando transgredes una ley de esas creadas por el hombre? ¿Qué pasa si robas, por ejemplo? Recibes una sanción que te está indicando ‘Has violado una ley’. Lo mismo ocurre con las leyes universales, las leyes de la vida. Cuando no las respetamos, pues aparece una señal. ¿Cuál es esta señal? El sufrimiento. Cada vez que sufres, la vida te está indicando que estás violando sus principios, que son los tuyos. ¿Y cuándo violamos estas leyes? De diversa manera. A veces con la forma en que interpretamos las cosas que nos suceden, o en la manera de vincularnos con los demás seres humanos, o de otras mil formas. Y violamos las leyes porque no las conocemos, porque no tenemos ni idea de cómo funciona, en realidad, la vida, porque la historia que nos han contado es bien distinta a lo que realmente es.

 

Nada pasa por azar ni por casualidad.

Como hemos dicho, todo está regido por leyes. Desde esta perspectiva tenemos que asumir la vida. El lugar en el que hemos nacido, los adultos que nos han educado, la época en la que vivimos, todo eso condiciona nuestra visión de la vida, nuestra cosmovisión, nuestra cosmología. Todo este proceso ocurre gradualmente pues se inicia cuando nacemos. El problema es que cuando somos adultos, tenemos una idea de la vida que no es nuestra, sino que la han fabricado para nosotros y la han metido en nuestra cabeza.

Para fluir con la vida, para aceptar y amar la vida, es necesario conocer el funcionamiento de las leyes y de los principios que la rigen. De esta manera, no te saltarás esos principios y actuarás acorde a esas leyes. Todo funcionará de forma óptima y te sentirás muy bien contigo mismo. Si conoces las leyes que rigen las relaciones humanas, seguramente vivirás resultados más armoniosos con los demás.

Solo cuando comprendas y asumas cómo funcionan las leyes de la vida y de la realidad, podrás dejar de sufrir y empezarás a fluir a partir de esa comprensión de ese aprendizaje. El sufrimiento es el indicador que te marca que has violado una ley, por lo tanto cada vez que sufres debes preguntarte “¿En qué me estoy equivocando? ¿Qué debo hacer diferente para obtener mejores resultados?”. Esa es la actitud para amar la vida. Inclinarse ante ella con humildad y reconocer que te está enviando una señal de que algo estás haciendo mal. Debes vivir el sufrimiento como una oportunidad para reflexionar acerca de los principios del universo y para aprender.

 

Un principio sabio: el principio de correspondencia

La vida se mueve según el principio de correspondencia. Aprendemos de todos los procesos, personas, situaciones y circunstancias que atraemos a nuestra vida. Es necesario experimentar y vivir esos procesos para aprender.

¿Qué es lo que podemos aprender? Aprendemos a ser felices, ese es nuestro aprendizaje fundamental. Pero es necesario aclarar el concepto de felicidad. La sociedad nos ha convencido de que para ser felices necesitamos dinero, cosas materiales, parejas, amigos y otro sin fin de cosas. Y ahí andamos todos buscando afuera todo eso, porque queremos ser felices. Trabajamos incansablemente, porque creemos que el dinero traerá la felicidad, compramos más y más, porque teniendo mucho tendremos felicidad, buscamos desesperadamente una pareja, muchos amigos, porque nos han enseñado que así seremos felices. Y no está mal que queramos tener mucho. Lo que sí es un error es creer que porque tengamos todo eso ya seremos felices. Ese es el modelo de felicidad que viene desde afuera, de tus creencias. Pero no es la verdadera, la genuina, la felicidad real.

La verdadera felicidad nada tiene que ver con las circunstancias ni con lo que tienes. La felicidad está dentro de ti, por eso no la encuentras afuera. Para hacerte reaccionar, la vida te da bofetadas que intentan llamar tu atención para que la encuentres donde realmente está: en tu interior.

Aprende a ser feliz con lo que tienes, con lo que vives y todo se irá poniendo en orden. Todo mejorará, evolucionarás y comenzarás a contagiar a otros esa nueva forma de experimentar felicidad.

 

Cuando sientes felicidad plena…

Existen varios síntomas que la vida te hará sentir para mostrarte que has encontrado la felicidad. Uno es que ya no experimentarás sufrimiento. Otro es que sentirás paz interior. Y en la medida en que te encuentras más feliz contigo mismo, que conectas con tu interior, descubres también el bienestar, el verdadero bienestar, no el falso que promueve la sociedad.

Entonces, vives más conscientemente. Y de ahí empieza el amor, el amor entendido como un comportamiento de vida. Amor es aceptar, perdonar, escuchar, respetar. Es dar lo mejor de ti mismo en cada lugar en el que te encuentres: como pareja, como padre o madre, como hermano, como profesional, es decir, como ser humano.

Cuando te encuentras con tu interior y vives el amor, ya no habrá conflictos ni luchas. Trasciendes a tu ego que es el que te enfrenta al mundo y te relacionas fluidamente con tu realidad externa. Para ello, debes vivir cada momento, sentirlo, experimentarlo verdaderamente.

Veamos un ejemplo. ¿En qué piensas cuándo te duchas? ¿Eres de los que pasa revista a su agenda y piensa en todo lo que tiene que hacer cuando salga de esa ducha? Si ese eres tú, no estás en el presente, estás en el futuro. Intenta una nueva actitud: en la ducha disfruta del agua calentita, siéntela correr por tu cuerpo, experimenta el placer. Pon tu mente en la ducha mientras te estás duchando. Y lo mismo vale para cada momento que vives. Disfruta del camino a tu trabajo, de la música, del sol mientras caminas. Vive el momento.

 

La realidad es neutra

¿Has oído hablar de la ecuanimidad? Es otro principio importante para amar la vida. Ser ecuánime es ser imparcial. Si eres ecuánime dejas de juzgar a la vida y a los demás. Simplemente los aceptas. Es cierto que pasan cosas terribles, pero pase lo que pase siempre hay algo que puedes aprender.

Si eres ecuánime, lograrás ver lo bueno en lo malo, y sentirás que no hay ni bueno ni malo, porque la vida es neutra. Lo de ‘bueno’ o ‘malo’ lo ponemos nosotros, las personas, cuando valoramos, cuando juzgamos, cuando interpretamos subjetivamente lo que acontece.

Por lo tanto, acepta tu vida y aprende de cada evento, de cada suceso. La vida es un proceso que no puedes cambiar. Lo que marca la diferencia es tu actitud frente a ese proceso. Basta de luchar para cambiar la realidad, es tu actitud frente a ella lo que debes modificar. Supera tu ego, pues es él quien te obliga a oponerte a tu realidad y a luchar. Recuerda que la vida tiene sus leyes y principios y que es bueno alinearse a ellos.

 

La vida siempre nos da

Es cierto que a veces lo que nos da no es lo que queremos. De ahí las frustraciones y la insatisfacción que viven las personas. A la vida nada le importa lo que tú quieras. La vida siempre nos da lo que necesitamos para aprender a ser felices, para estar en paz, para amar la realidad tal como es.

Mira hacia atrás. Piensa en situaciones adversas que has vivido que han sido difíciles de asumir. ¿Has aprendido de ellas? ¿Has evolucionado? Recuerda que el sufrimiento es un indicador que te pone la vida para mostrarte que estás haciendo algo mal. Pero debes aprender de eso, debes encontrar el problema, debes descubrir qué es lo que haces mal. Cuando lo logras, evolucionas y conectas con lo que eres verdaderamente.

Entonces confías en la vida. No sabes qué te deparará, qué te hará vivir, pero sí sabes que te va a dar lo que necesitas para seguir evolucionando, para mejorar.

Tu espiritualidad es el potencial que está en tu interior, es como una semilla que se desarrolla, evoluciona y así crece tu verdadero yo, ese que es feliz.

 

¿Constancia o terquedad?

Muchas frustraciones e infelicidades ocurren por la actitud que asumimos para lograr nuestros deseos. Queremos algo y nos proponemos conseguirlo cueste lo que cueste. Lo intentamos una vez y fallamos. Lo intentamos otra vez, y volvemos a fallar. Seguimos intentándolo, porque nuestro ego nos dice que nosotros somos más fuertes que la vida misma. Y seguimos fracasando. El resultado inevitable es la frustración.

Existe una diferencia entre constancia y terquedad. La constancia es una virtud que nos impulsa a aceptar un fracaso, a aprender de él y a volver a intentarlo. La terquedad es otra cosa. La terquedad te lleva a desconocer las señales que te da la vida. Si actúas con constancia e intentas algo varias veces pero la vida te dice que eso que quieres no será para ti, escúchala. Aprende de lo que te está enseñando. No te empecines en lograr lo que la vida no tiene destinado para ti. La vida te lo está diciendo, pero tú no la escuchas porque estás cegado por tus deseos. Entonces te frustras, te quejas, maldices al mundo. Y eres infeliz. Entonces, como dicen los sabios “no pruebes menos de tres veces, pero no seas tan terco de probar más de siete”.

Nos han enseñado que en la vida hay que ser constantes y perseverantes, que hay que esforzarse. Y está muy bien, siempre y cuando nos movamos en sintonía con la vida, escuchándola, atendiéndola, fluyendo junto a ella. Se debe fluir con la vida aceptando y entendiendo los mensajes, las señales y las pistas que nos va mandando.

 

Una palabra mágica: aceptación

Aprende que no estamos aquí para cambiar el mundo. Es muy arrogante el que cree que puede cambiar el mundo. Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo. El mundo es como un escenario, un enorme espejo en el que nos proyectamos y nos movemos. En el mundo se reflejan nuestras bondades y nuestras miserias. Las guerras, el hambre, la pobreza son reflejos de los conflictos internos que vive el hombre. Si te gustaría que el mundo cambiara, que fuera más apacible y feliz para todos, acéptate a ti mismo y estarás instalando la aceptación en el mundo.  

El gran viaje de la vida es conocerte, comprenderte, aceptarte y amarte tal como eres. Tú, como todos, tienes tu valor, tus cualidades, tus debilidades, tu luz y tu oscuridad. Conócete y acéptate. Así eres. No necesitas cambiar nada de ti. Cuando lo logras, cuando descubres que eres un ser completo y perfecto, ocurre la gran transformación. Miras el mundo y lo aceptas y descubres que el mundo es perfecto también. No tienes que cambiarlo, solo tienes que aceptarlo.

Ámate a ti mismo, ama tu vida, ama al mundo. Ese amor está dentro de ti. Solo tienes que conectarte con él.

Fuente: Borja Vilaseca
Escrito por Ettel Fontana

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Acerca del autor

Elías Berntsson

Tuve una infancia buena y feliz. Luego comencé el instituto, allí hubo gente que me descalificaba. Afectó a muchas áreas de mi vida hasta que no tuve ganas de vivir, un día todo cambió y lo supere. Por ello decidí crear este espacio, para compartirte esperanza y motivación. Y decirte que como yo, tú también puedes ver tu maravillosa vida a través del amor propio.

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